Energía solar en Chile
El desierto de Atacama es el lugar donde menos llueve del planeta. Se encuentra al norte de Chile, cerca de la frontera con Perú. Allí, de los 365 días del año, 360 están despejados. No hace falta ser un genio para intuir que el potencial de producción de energía solar es enorme.

La empresa SolarPack puso en marcha el proyecto Calama Solar I, una vez que la COREMA (Comisión Regional de Medio Ambiente) dio su autorización. Ha sido la planta solar fotovoltaica que, por primera vez en el mundo, se ha conectado a la red sin ningún tipo de ayuda o subvención de las instituciones. Se compone de 133.056 placas solares agrupadas en 24 paneles y generará una potencia de 9 MW. Se sitúa a menos de cuatro kilómetros de la localidad de Calama. La planta tendrá una vida útil de entre 25 y 35 años. El coste del proyecto será de unos 30 millones de euros.

No es el único proyecto de energía solar que se desarrolla en Chile. Hay otros seis proyectos en marcha. Calama Solar 2, de la misma empresa, SolarPack, ya cuenta también con la aprobación de la autoridad ambiental. El resto de los proyectos se encuentran aún en proceso de estudio.

Las condiciones climatológicas chilenas y la disminución de los costes en la tecnología solar convierten a la energía solar en una opción cada vez más competitiva. Con todo, sigue siendo algo más cara que las energías tradicionales (en algunos casos, la inversión inicial puede ser hasta tres veces más cara) y casi todos los proyectos necesitan de ayudas. Por otra parte, se quiere desarrollar, también en el desierto de Atacama, un proyecto, gestionado por la Fundación Chile y la estatal Corporación del Cobre, Codelco, un centro de investigación, desarrollo y transferencia tecnológica en energía solar.

Pero hay que tener en cuenta que, una vez terminada la instalación, sólo es necesario el mantenimiento de los paneles y, así, la inversión es cada vez más rentable. Eso desde el punto de vista financiero. Si se mira desde le punto de vista ambiental, la energía procedente del sol no emite dióxido de carbono y, por tanto, no afecta negativamente al cambio climático ni agrede al medio ambiente.