Etanol de segunda generación a partir de residuos de madera

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El bioetanol de primera generación se obtiene mediante la fermentación de azúcares procedentes de diferentes vegetales (maíz, remolacha, cebada…). El problema es que esas materias primas sirven para alimentar a las personas. El uso del bioetanol como combustible ha crecido en los últimos años en Europa, Estados Unidos, Brasil y Canadá, lo que ha repercutido en el precio de algunos alimentos.

La producción mundial total de bioetanol aumentó de 2001 a 2009 un 430%, con una tasa anual de crecimiento superior al 17%. El éxito en el uso del bioetanol se debe al aumento en el precio de los combustibles fósiles y a las ayudas gubernamentales que ha recibido en países como Brasil y Estados Unidos. Se ha conseguido incrementar la seguridad en el suministro doméstico de combustibles, reducir la emisión de gases de efecto invernadero y ayudar a las industrias y a las comunidades rurales.

Sin embargo, como decimos, la producción de esta primera generación de bioetanol encarece algunos alimentos. Además, también puede hacer desaparecer ecosistemas naturales. Para evitar estos inconvenientes se están realizando investigaciones para otras fuentes naturales alternativas para elaborar los llamados biocombustibles de segunda generación.

De entre las fuentes alternativas para la producción de biocombustibles, la biomasa lignocelulósica, es decir, un componente esencial de la madera que incluye residuos forestales y agroindustriales como serrines, restos de molienda y de la fabricación de papel, etc., puede ser una de las más adecuadas. La producción de etanol a partir de este tipo de biomasa presenta algunas ventajas medioambientales respecto de la producción de etanol por fermentación de azúcares. Sin embargo, el grado de comercialización de este etanol de segunda generación es todavía lento.

Algunas plantas ya están realizando pruebas en América del Norte y Europa, pero el proceso de comercialización es lento por los riesgos asociados al desarrollo de la tecnología, la elevada inversión de capital necesaria y los escasos retornos previstos a corto plazo.

Así mismo, aunque presenta evidentes ventajas medioambientales y en relación con la renovabilidad y no competiría con la producción de alimentos, el bioetanol de segunda generación debe competir económicamente con los costes de producción del etanol de primera generación. Según un estudio, el etanol lignocelulósico podría ser competitivo respecto al etanol de primera generación en el año 2020.

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