
Cuando aún nos encontramos en noviembre ya se han encendido las luces de Navidad. Cada año, los grandes centros comerciales, los pequeños comerciantes y los ayuntamientos encienden antes las absurdas luces y, en muchos casos, aumentan su tamaño. Ni la crisis económica ni la conciencia por ahorrar energía que está presente el resto del año parece que afecten ni lo más mínimo a esta tradición. Además, es un atentado ecológico por partida doble: se gasta electricidad innecesariamente, contribuyendo al cambio climático, y se fomenta el consumismo.
Parece que los comerciantes olvidan que, en casi todos los casos, la electricidad no es una energía limpia, pues su origen es la combustión de materias primas fósiles (centrales térmicas de carbón y de gas), o de centrales nucleares, lo que supone una fuente de emisión de dióxido de carbono (CO2), principal responsable del cambio climático.
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